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Las dos Españas

Discusión

Confieso que cada mes, cuando llega el momento de ponerme delante de la pantalla en blanco del ordenador para escribir este artículo, siento cierto vértigo. Porque los temas son infinitos, de acuerdo, pero intentar encontrar un asunto que no genere filias y fobias inmediatas, que no enfrente y que no genere bandos de forma automática no siempre es fácil. Porque lo cierto es que en este país barajamos un amplio abanico de motivos para odiarnos, que van desde la cebolla en la tortilla de patata a los restos mortales de Primo de Ribera, pasando por el reggaeton y la maternidad de Ana Obregón. Cualquier cosa, por absurda que parezca, puede acabar generando un cisma irreconciliable. Y es que se podría decir que España es, para todo, dos Españas.

Hay pocos países que puedan presumir de tanta riqueza para llegar al insulto gratuito. A los españoles se nos da bien discutir, esto es así. Y cuanto más alto y más vehementemente mejor. Nuestra mayor virtud discutiendo es que lo hacemos de verdad, sentando cátedra, con la verdad absoluta en nuestros argumentos, aunque nuestra fuente más fiable sea nuestro vecino de enfrente o una cosa sobre el asunto en cuestión que leímos el otro día en el Facebook.

Dicen que no hay nadie más peligroso que aquel que siempre tiene una opinión formada sobre todo. Sea cual sea el tema. Sin fisuras. Sin dudas. Sin matices. Sin margen para la negociación. Pues bien, esos somos nosotros. Es como si cada español llevara un tertuliano dentro.

Y, llegados a este punto, como parte de este país en el que vivo que es para todo dos países, no seré yo la que os diga que no me gusta discutir. Los que me conocéis sabéis que disfruto como la que más gritando y debatiendo acaloradamente sobre política, derechos sociales, religión o lo que se tercie. Y cuanto más enfrentadas y antagónicas estén las posturas, más divertido me suele parecer. Pero más allá del mero divertimento, que reconozco que está genial para pasar un buen rato de risas en la barra del bar, ambas Españas harían bien en reconocer y tatuarse a fuego una regla básica: Que nunca nadie tiene la razón del todo. Y que saber ver e intentar comprender las razones que llevan ‘a la otra España’ a pensar lo que piensa, tal vez empobrecería un poco las discusiones acaloradas de bar, pero mejoraría la convivencia y rebajaría un poco esa mala leche colectiva que parece que todos nos chutamos en vena.

Estamos ya en mes electoral. Este mayo nos traerá unas elecciones que cambiarán a los representantes políticos de nuestros pueblos. Por eso, tal vez no sea mal momento para recordar que la política local no debería ir de bandos, no debería dejarse intoxicar por la maquinaria infernal de los grandes partidos, que, desde Zaragoza o Madrid, conciben los procesos electorales y la propia política en base a cálculos que garantizan su propia supervivencia personal. Aquí, en nuestros pueblos, todos los partidos sudan tinta para encontrar candidatos que encabecen las listas electorales. Porque son pocos los que quieren arriesgarse a ponerse en contra a una de las dos Españas de su pueblo a cambio de nada. Y también porque siempre es más complicado tomar decisiones (a veces equivocadas) cuando estas afectan a gente que te pone cara, que te ha visto crecer y sabe dónde vives. A personas que te encuentras comprando el pan o tomándote un café. Por eso, porque la política local es (o debería ser) la que pretende solucionar los problemas que nos afectan más directamente, no deberíamos permitir que el circo partidista bochornoso de otras instituciones nos afecte. El motor de la política local es (o debería ser) el empeño y las ganas de trabajar por tu pueblo (cada uno por el suyo). Y si, en vez de tirar cada uno hacia un lado como si tuviésemos la razón absoluta, sin margen alguno para la negociación, intentáramos llegar a un punto de encuentro (que siempre existe), tal vez conseguiríamos avanzar. Tal vez conseguiríamos que nuestros pueblos avanzasen.

Porque la política local no va (o no debería ir) de frentes. Porque la política local no debería crear dos Españas. Ni siquiera en la barra del bar.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

 

 

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