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El peso de la responsabilidad

Hoy estoy contenta. Y aliviada también. Porque le acabo de pedir a la Inteligencia Artificial que me escribiera un texto titulado ‘El peso de la responsabilidad’, en el que hablara -en tono desenfadado y ocurrente, le he dicho- sobre la forma en la que nos cargamos de responsabilidades que creemos que nos corresponden y las anteponemos a nuestro propio bienestar. Y me ha escrito tal mierda que creo que puedo hacerlo mejor. Aunque ahora a vosotros siempre os vaya a quedar la duda de quién ha redactado estas líneas.

Lo cierto es que ayer pensé en escribir algo con este título. A veces escucho o me vienen a la cabeza frases o conceptos que me sirven de punto de partida para redactar estos artículos, y tengo que aprovechar esos chispazos, que no ando sobrada de ideas nunca. Decía el gran Picasso que la inspiración existe, pero que tiene que encontrarte trabajando. Lo que me lleva a pensar que lo mío debe de ser otra cosa, porque todas las ideas aprovechables que se me ocurren surgen en momentos de lo más inverosímil, en los que estoy haciendo cualquier otra cosa que no sea trabajar. Y la idea suele ser más buena cuanto más difícil sea el acceso inmediato a un lápiz y a un papel que me permita apuntarla para que no se me olvide. 

El caso es que me vino a la cabeza escribir algo con este título al hilo de la responsabilidad que siento cada mes cuando, después de tener listo el resto del periódico, me pongo delante de un documento de Word en blanco a escribir este texto. Porque son muchas las personas que me dicen o me escriben cosas sobre estos artículos. Y, por increíble que pueda parecer, todas son buenas: “que si es lo primero que leo cuando me llega el periódico, que si cuánta razón tienes, que si me encanta lo que escribes porque dices las cosas fáciles y para que se entiendan…”  Y claro, una empieza a sentir cierta presión y cierta responsabilidad. Sobre todo, porque mantener el nivel de que lo que digas guste a todo el mundo es una cosa tan complicada como imposible, pero yo pretendo alargar esta utopía todo lo pueda, que a todos nos encanta alimentar un poquito nuestro ego de vez en cuando y yo – a falta de otras virtudes más útiles en la vida- tengo que aprovechar que escribiendo tengo mucho más carácter que hablando. 

Pero, aunque esta responsabilidad de esforzarse para escribir cosas que gusten sea una de esas que se aceptan de buen grado, lo cierto es que en nuestra vida tendemos a cargar con obligaciones (muchas de ellas autoimpuestas) que coartan nuestro día a día y quitan alegría a nuestra rutina. Así, convivimos a diario con una vocecita molesta y atosigadora que nos susurra que nuestras obligaciones y responsabilidades son lo primero, lo más importante, y que lo demás son momentos de placer que de alguna manera debemos justificar, como si las cosas buenas tuviéramos que ganárnoslas. Actuamos así hasta con las cosas más tontas. Por ejemplo, después de una agotadora sesión de gimnasio, nos damos permiso para comernos una pizza o, después de hacer las tareas domésticas, nos permitimos tumbarnos en el sofá. Es como si cuando “nos portamos mal”, cuando no cumplimos con lo que consideramos que es nuestra obligación, viéramos legítimo y lógico que nuestro ‘premio’, nuestro ‘trocito de felicidad’, nos sea arrebatado. Como si las dos cosas fueran incompatibles. Como si lo bueno tuviera que ser siempre una recompensa. Como si no fuera posible comerse un trozo de tarta al mismo tiempo que se hacen los deberes. 

No quiero decir con esto que tengamos que eludir nuestras obligaciones y convertirnos en unos irresponsables. No es eso. Pero pasarlo bien debería ser una de nuestras obligaciones ‘top’. Y no un premio a nada. La vida tiene demasiados malos momentos y pone demasiadas trabas de por sí. No hace falta que nosotros también saquemos el látigo contra nosotros mismos. 

Así que descarguemos nuestra mochila de obligaciones autoimpuestas, digamos más veces ‘no’ a las cosas que hacemos sin ganas, hagamos callar más a esa vocecita que nos atosiga para que nos ganemos las cosas y desterremos de nuestro vocabulario la expresión ‘pasarlo demasiado bien’. Porque no. Nunca es demasiado. Nunca es suficiente.

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