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Algo al fuego

No es no

Llevo un par de días viendo el documental de Netflix sobre el caso de La Manada. Ni siquiera lo he acabado y no soy nada parecido a una crítica sesuda, así que olvidaros de que me meta en jardines sobre si está bien o mal hecho. Me gustan las cosas ligeritas y que no dan mucho que pensar, que para complicada ya está la vida. Así que no esperéis encontrar aquí un texto bien argumentado sobre si el documental es procedente o está bien armado. Se acaba de estrenar, pero seguro que de eso ya se ha escrito mucho.

Tampoco os voy a contar de qué va. Y no por no haceros spoiler, sino porque no existe persona en este país que no sepa lo que sucedió. Pero de lo que sí me gustaría escribir es de varias ideas que me rondan todo el rato por la cabeza mientras lo veo.

La primera idea tiene que ver con la atmósfera de culpabilidad que rodea siempre a la diversión cuando hablamos de una mujer: No llames demasiado la atención, no rías a carcajadas, sé correcta, prudente, no te desmadres, no vayas sola, no te emborraches hasta perder el control y, sobre todo, ten cuidado de no pasártelo demasiado bien porque, si te pasara algo, habría una parte de la población que no dudaría en juzgarte a ti, a la víctima. Y así fue en este caso. Personas de toda condición, edad y profesión  pensaron de verdad que esa chica se lo buscó. Por haber bebido, por haberse dado un beso con uno de esos energúmenos o por no haber opuesto resistencia. O por todo a la vez. Te violan cinco tíos, pero la culpa es tuya por haberlos provocado.

La víctima fue juzgada en platós y redes sociales. Parte de la prensa hizo del caso un auténtico circo. Por si fuera poco, a la chica se le puso un detective privado cuyo objetivo era demostrar que estaba haciendo vida normal, como si eso quisiera decir que el asunto no había sido para tanto; y su identidad salió a la luz, poniéndola en peligro.

Hubo programas matutinos donde se entrevistó a familiares de los condenados. Donde se dijo que eran unos chicos muy buenos. Un club de fans en las redes sociales sobre el ‘Prenda’ y un abogado de los más mediáticos del país que dijo lindezas como que si ella no había verbalizado un ‘no’, entonces era que ‘sí’.

Y aquí va la segunda idea que me ronda por la cabeza repetidamente. Porque, aunque me es imposible siquiera imaginar lo que se siente, yo, mientras veo el documental, no puedo dejar de pensar en los padres.  En los padres de esa chica, a la en la cinta se le pone el pseudónimo de ‘Lucía’: “Le planteé llamar a sus padres para contarles lo ocurrido -relata en el documental la trabajadora social que atendió a la víctima esa mañana. Llamó, pero no pudo. Se bloqueó, empezó a llorar. Y al final fui yo la que hablé con la madre. Habían oído cosas, porque había salido en la televisión, y pensaron: ¿No será mi hija?. Pero sí. Lo era.” 

Dicen que tener un hijo es como tener algo siempre al fuego. Da igual los años que tenga. Porque durante toda tu vida sentirás en tus propias carnes cada cosa que le pase, y lamentarás profundamente que el dolor y el sufrimiento no sean transferibles, para poder librarlo a él de todo lo malo y quedártelo todo tú. Por eso, es inimaginable el sufrimiento y la impotencia de esos padres al enterarse de lo sucedido. Y también luego, con todo lo que vino después, una pesadilla que llevó a que su hija -la víctima, no lo olvidemos- tuviera incluso que irse de España por un tiempo, mientras las calles clamaban “Yo sí te creo” y en redes sociales cobraba fuerza un movimiento que la culpaba a ella de lo sucedido.

Y después pienso también en los padres de esos cinco. Pienso en lo que se te debe pasar por la cabeza cuando te dicen que tu hijo ha violado con otros cuatro a una niña de 18 años. O cuando después te enteras de que no es la primera vez que abusa de una chica. No sé si en ese momento piensas que has hecho algo mal, si te sientes fracasado como padre o como madre o, si por el contrario, el hecho de que sea tu hijo te lleva a defenderlo contra todo y contra todos. A pesar de todo. No sé si es más difícil creer que la culpa es de ella -por estar allí, por vestir así- o asumir que has criado a un monstruo.

Y, ante la falta de respuestas, aparece mi parte cobarde. La que piensa que ojalá mi  hija -mi ’algo al fuego’- no me haga sentir nunca esas cosas en mis propias carnes. Como si que las cosas les pasaran a otros las convirtiera en menos graves. Como si todos, como sociedad, no tuviéramos que hacernos un poco responsables, no tuviéramos que poner los medios y luchar para que no haya más manadas y, sobre todo, para que nunca más se vuelva a cargar con el peso de la responsabilidad a la víctima.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

 

 

 

 

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