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El 3 de Mayo y la máquina del fango

Libertad de prensa

Este 3 de Mayo, como todos los años, se conmemora el día de la Libertad de Prensa. Siempre hay mucho que reivindicar este día, aunque este año los últimos acontecimientos en la política nacional llevan a poner el foco en la lacra de la desinformación, un fenómeno que no es nuevo, ni mucho menos, pero que ha encontrado en la difusión masiva que propician las redes sociales su mejor caldo de cultivo.

En los pueblos sabemos mucho de desinformación. Los cotilleos, chascarrillos o chismes que han circulado, circulan y circularán en todos los núcleos de población en los que todo el mundo se conoce son equiparables a aquel juego infantil del teléfono roto, en el que lo que le acababa llegando al último poco o nada tenía que ver con la información inicial. La base de lo que se decía podía ser real, pero las aportaciones -malintencionadas o no- de cada una de las personas por las que había pasado acababan por convertir los hechos reales en una burda mentira.

Ahora, en este tiempo en el que manda la inmediatez y en el que el número de ‘likes’, seguidores y retuits es una manera de ganarse la vida muy rentable, la realidad ha pasado a estar al servicio del espectáculo. Importa poco si lo que se dice es cierto o no, lo importante es que ese teléfono roto llegue a cuanta más gente mejor. Mi abuela solía decir que ‘cuando se injuria, algo queda’. Y es cierto. Porque la rectificación de una mentira nunca llega al mismo número de gente que se la creído, así que siempre habrá quien la siga dando por cierta. Y, si esto lo extrapolamos a la política, en un contexto tan polarizado como el actual, nos encontraremos con votantes que cuentan con poderosos incentivos para creerse informaciones falsas sobre los políticos del otro lado, a los que presuponen, de inicio, todo tipo de malas intenciones.

Además, como actores protagonistas de la comedia política que son, diputados, ministros, alcaldes y demás cargos electos compiten con sus declaraciones para ganar espacio en medios y redes sociales y, por tanto, apoyo y popularidad, armas fundamentales para su propia supervivencia política.  Da igual que lo que se diga sea cierto o no, lo importante es no perder la oportunidad de atacar al enemigo.

Esto, sin duda, se complementa con la existencia de plataformas que hacen de altavoz ideal de esas mentiras, y de personas que trabajan para esos pseudomedios, que entorpecen a diario el trabajo de los periodistas con un claro objetivo político.

Hace unos días, el presidente del Gobierno se refirió a todo esto como la quina del fango e insistió en que supone una grave amenaza para la convivencia democrática. Sin embargo, no adelantó ninguna medida concreta y se limitó a pedir una reflexión” a los medios de comunicación.

Y doy fe de que esta reflexión está a la orden del día en la profesión. Llevamos mucho tiempo hablando de fakenews y desinformación. La última prueba de ello es que, hace tan solo unos días, la Federación de Asociaciones de la Prensa de España debatió una propuesta para denunciar a aquellos compañeros que vulneren el código deontológico”. Estamos de acuerdo. Si mienten y manipulan, no están en nuestro bando. Pero no es fácil. Porque cualquier propuesta concreta de tipo legislativo sería problemática por el riesgo de que afecte a la libertad de expresión y porque, desde luego, no conviene dejar que sean los políticos los que definan el trabajo de los periodistas. No pueden ser imparciales y tienden a tener el puño de hierro y la mandíbula de cristal. Cada medio tiene sus ideas, sus sesgos e intereses, y todos los gobiernos, sin excepción, piensan que los medios les atacan de forma injusta.

Y no hay leyes que puedan poner coto a las mentiras, de la misma forma que no hay recursos efectivos para acabar con las mentiras en la sociedad. Con esto no quiero decir que no se pueda luchar contra la desinformación. La prensa será más libre y más veraz cuanto más transparente sea la política. Cuanta más transparencia haya en la financiación de los medios. Cuanto más se la deje preguntar libremente (es decir, lo contrario a las ruedas de prensa sin preguntas o a las comparecencias sin periodistas). Será más libre y más veraz cuanto menos se la presione.

Pero, sobre todo, la solución está en nuestro tejado, en el de los periodistas. Porque solo recordando en qué consiste este oficio y cuáles son las reglas que hacen que merezca tal nombre podremos regresar a él. Porque solo se hace confiable el periodismo que se hace digno de confianza. Y porque todos nos jugamos mucho. Porque de la calidad de nuestro periodismo depende la calidad de nuestra democracia.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

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