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Ventajas de una pandemia

Pandemia

Cumplimos dentro de nada un año de pandemia y, en este tiempo, hasta medios como Zafarache -que siempre iba repleto de fiestas y celebraciones populares, iniciativas geniales y proyectos ilusionantes-, se han dado de bruces con una realidad cruda, con un panorama gris que parece no acabar nunca.

El inicio de la vacunación supuso un rayo de esperanza y un chute de energía, pero no faltaron los expertos (y también los agoreros) que se afanaron en pronosticar fallos recurrentes de suministro, nuevas cepas que escaparán a los efectos de la vacuna, y más pandemias que irán tras ésta y nos asolarán una detrás de otra.

Como yo no soy experta, y mucho menos quiero ser agorera, no voy a intentar adivinar qué nos deparará el futuro. Prefiero, en cambio, recuperar ese tono abrumadoramente optimista del Zafarache de hace un año y reflexionar sobre algunas de las cosas buenas que nos ha dejado esta pandemia. Que las hay.

Algunas son cosas pequeñas que no tienen demasiada importancia, como que ya no sea una descortesía no besar o dar la mano a desconocidos que te presentan, o el hecho de que ahora puedas manifestar tu incomodidad si alguien invade tu espacio vital. Tampoco es ya de mala educación no querer compartir ascensor con tus vecinos. Los piojos, las gripes, la halitosis y también otras muchas enfermedades acabadas en ‘itis’ han desaparecido, y las reuniones absurdas convocadas con cualquier excusa también.

Pero, a mí, lo mejor que me deja esta pandemia tiene que ver con la amistad. Como todos, en este último año he visto a mis amigos entre poco y nada. Pero este maldito virus me ha dado la oportunidad de echarlos de menos como nunca pensé que los echaría. Y eso -echar de menos-, contra lo que pueda parecer, es algo bueno, muy bueno, porque hace que nos demos cuenta de cosas que antes nos pasaban desapercibidas, y también porque nos sirve para comenzar a valorar y a disfrutar de verdad las conversaciones telefónicas o los escasos ratos que compartimos con ellos. Y eso que no es fácil, porque esos pocos encuentros lo tienen todo en contra: en grupo reducido, muy reducido, con limitación horaria, y al aire libre (aunque haya 4 grados).

Y, sin embargo, ese vermú o esa caña que me tomo con cualquiera de ellos, -mientras me quito y me pongo la mascarilla a cada trago y hablamos sin parar-, me parece lo mejor del mundo y, al mismo tiempo, me hace desear con todas mis fuerzas verlos más y mejor cuando todo esto pase, y abrazarlos fuerte, muy fuerte.

Y es que, aunque haya una frase muy manida que dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano, yo lo que creo es que la cantidad y la calidad de los amigos de cada uno, tiene que ver más bien con el esfuerzo y el interés que se ponga en cuidarlos. Tanto cuando a uno le va bien como cuando no. Tanto con pandemia como sin ella.

También estoy más que harta de la frase hecha de que los amigos siempre están en los malos momentos. La amistad no está pensada solo para los malos momentos, hay que regarla a menudo, y todo aquel que no cuida a sus amigos, que no se interesa por sus cosas, que no llama de vez cuando con el único objetivo de preguntar ¿qué tal?... Todo aquel que no comparte buenos ratos con sus amigos y solo recurre a ellos cuando las cosas se tuercen, se está dejando por el camino lo más bonito de la amistad y una de las mayores lecciones que debería habernos dado a todos esta pandemia: que lo que pensábamos que era normal, lo que creíamos que era rutina, en realidad era vivir.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

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