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Lección de la España vaciada

Desde que me alcanza la memoria, mi verano siempre ha sido sinónimo de Sástago. Recuerdo el fresco conjunto de tirantes rojos que mi bisabuela me compró un martes en los tenderetes, las visitas a la sastrería con mi yaya y también las ganas que tenía de terminar de comer para pasar con los huesos de la carne a ver a Linda y a Sila, las dos perras de Rolando y Feli, que siempre estaban encantadas de verme, sobre todo cuando llevaba entre manos algo para ellas.

Las visitas con mi yaya a por leche fresca, las partidas de guiñote con mi bisabuela (fue ella quien me enseñó a jugar) y la antigua báscula de pesos en la que mi tía Teresa pesaba la fruta en el patio de su casa -cuando entrábamos a comprar melocotones y salíamos con melocotones comprados y con pimientos, berenjenas y tomates de regalo- Todos ellos son recuerdos nítidos que destacan dentro de la maraña difusa de mi infancia.

Con el paso de los años, los recuerdos se aclaran. Por eso recuerdo mucho mejor la emoción adolescente vivida viendo jugar a mis amigos en los Interpeñas de fútbol sala. Y, si hablamos de adolescencia, cómo olvidar el primer beso, a mi primer novio, o aquellos viajes como paquete en las motos que se iban comprando los chicos de la peña, para espanto y preocupación adicional de casi todos los padres y madres.

Aún hoy, tal vez tenga algo que ver con la crisis de los 40, paso con nostalgia por todos esos lugares de Sástago donde ha transcurrido mi juventud entera: la terraza de la discoteca ‘Milady’, el paseo que bordea el Ebro, los rincones que discurren detrás del antiguo pub ‘Neiva’, y la peña, una palabra que es mucho más que un lugar. Es, más bien, un sentimiento, una emoción que hace que te sientas parte integrante de un grupo de gente -TU PEÑA- que no cambiarías por nada y en el que no cambiarías a nadie, algo muy curioso si tenemos en cuenta que en los pueblos los amigos, más que elegirlos, “te tocan en suerte”.

Sí, tal cual. Porque en un pueblo pequeño tus amigos suelen acabar siendo los que tienen tu misma edad, los de alguna quinta más y los de alguna quinta menos. Y con algunos tienes muchas cosas en común, con otros menos, y con otros ninguna. Y, sin embargo, a ninguno lo cambiarías por nada porque, aunque en tu fuero interno sepas que en otras circunstancias todo lo que os separa hubiera impedido que os hubierais elegido como amigos, una de las cosas más maravillosas de los pueblos es que hacen posible amistades sólidas, inquebrantables y verdaderas entre personas que -a priori- no tienen nada que ver.

Y esa, sin duda, es una gran lección que los pueblos deberíamos exportar al resto de España (a esa España “no vaciada”): la capacidad de respetar, convivir, querer y no desear cambiar a los que son diferentes a nosotros. Qué bien le iría a esta sociedad crispada y cabreada permanentemente que le prestáramos esa capacidad que tenemos en los pueblos de poder compartir unas cañas con todo el que asoma la cabeza por la puerta del bar.

Por esto, por todo esto y por muchas otras cosas, nada me apetece más que seguir sumando recuerdos que tengan a Sástago como protagonista durante muchos, muchos años más. Recuerdos que me hagan seguir sintiendo lo afortunada que soy por tener pueblo, por poder darle la oportunidad a mi hija de que lo tenga, y, sobre todo, porque ese pueblo sea el mío (porque, como todo el mundo sabe, para todos, sin excepción, el mejor pueblo siempre es el nuestro).

 

Esther Aniento Idoype

Periodista.

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