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La distancia también se mide en cafés pendientes

Cafés pendientes

Hay cosas que dejamos de ver precisamente porque siguen ahí. El vecino que nos cruzamos cada mañana, la amiga que vive en la calle de al lado, la plaza donde coincidimos sin haberlo planeado. La cercanía, cuando existe, se vuelve invisible. Solo la notamos cuando desaparece.

Durante años nos convencieron de que crecer era irse lejos. A ciudades más grandes, con más oportunidades, más ruido y más movimiento. Y claro que muchas personas encontraron allí trabajo, independencia o nuevas experiencias. Pero por el camino, casi sin darse cuenta, dejaron atrás algo que parecía secundario y que hoy empieza a revelarse como imprescindible: la vida compartida en lo cotidiano. No las grandes celebraciones. No las cenas organizadas con semanas de antelación. Hablo de lo pequeño. De llamar a una amiga para bajar a dar una vuelta sin mirar el reloj. De cruzarte con alguien conocido en la panadería. De ese “¿qué haces luego?” que antes salía solo y ahora requiere cuadrar agendas, coger el coche o el tranvía y energía mental.

En los pueblos de esta comarca, todavía ocurren esas cosas que en las ciudades ya son rareza. Que el plan de la tarde no requiera agenda ni reserva. Que la vida del día a día y la vida social sean, en muchos momentos, la misma cosa. No siempre lo valoramos. A veces incluso lo vivimos como algo provinciano, como si la espontaneidad fuera un síntoma de que aquí pasan pocas cosas.

Quizá por eso mucha gente vuelve al pueblo en verano y siente algo difícil de explicar. No siempre es nostalgia. A veces es alivio. Alivio de no tener que planificar cada encuentro. De poder improvisar. De sentirse parte de un lugar donde la vida todavía cabe entre casa, la plaza y un café largo. En nuestros pueblos aún existe esa cercanía que en las ciudades se ha convertido casi en un lujo. Y no es romanticismo rural. Es otra manera de relacionarse con el tiempo y con los demás.

Porque en las ciudades, los amigos están. Pero quedar con ellos puede significar media hora de autobús, un transbordo y encontrar un hueco en la agenda de los dos. La amistad sigue, el cariño también, pero lo que se pierde es la cotidianeidad. Y con ella, algo que cuesta mucho reponer: la sensación de que hay gente cerca. No gente disponible en abstracto, sino presente de verdad, en los días normales, en los momentos que no son especiales. Y lo cierto es que vernos más ayuda a vivir mejor. Y no porque las amistades solucionen los problemas, sino porque amortiguan el peso de los días. Hay conversaciones que no nacen en una videollamada programada. Surgen caminando, compartiendo un banco o esperando turno en una tienda

Lo que pasa en los pueblos —y que muchas veces no sabemos nombrar porque no lo vemos— es que la amistad todavía vive dentro de la rutina. En el mercado, en la calle, en el bar a media mañana. No hace falta organizar nada. Solo hace falta estar.

Eso, que parece tan pequeño, es en realidad una forma de sostén. La prueba de que no estamos solos no viene solo de las conversaciones importantes, sino de los encuentros que no buscamos y que, sin embargo, nos recuerdan que pertenecemos a algún sitio.

Hay quien piensa que la calidad de vida se mide en metros cuadrados, en salarios o en servicios. Y claro que todo eso importa.

Pero quizá habría que medirla también en cafés. En los pendientes, sobre todo.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

 

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