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Un agosto con pinta de febrero

Frío y calor

Diría que este está siendo un verano raro; pero eso sería lo mismo que admitir que hay alguno normal. O como decir que todos siguen el mismo patrón. Y lo cierto es que, si echo la vista atrás, no recuerdo cual fue el último verano al uso y sin sobresaltos.

Porque estaréis conmigo en que el verano de 2020 fue de todo menos normal. Ya sabéis: pandemia, distancia social, mascarilla, gel hidroalcohólico y todas esas palabras que aprendimos y que ahora no solo hemos dejado de usar, sino que también parece habérsenos olvidado la magnitud del problema por el que algún día las usamos. En fin, a lo que iba, que el verano del 20 no fue verano ni fue ná.

Pero el del 21 nos las prometíamos más felices -porque cómo iba a ser posible eso de estar dos años sin celebrar unas fiestas- y al final nos salió regulero; supongo que por aquello de que habíamos puesto las expectativas muy altas demasiado pronto. Y así es cuando uno se lleva siempre las mayores hostias.

El verano del año pasado, el del 22, ya fue otra cosa. Fue un verano como los de antes en el que nos desquitamos (o yo, al menos) en eso de salir y vernos toda la cara al hablar. Pero, andábamos preocupadillos con una guerra que nos había estallado en Europa y que nos había enseñado la cantidad de cosas que venían de Ucrania y nosotros no sabíamos. Además, diversos analistas, políticos y tertulianos de esos que saben de todo no se cansaban de pronosticarnos un otoño negro y difícil de consecuencias indefinidas. Y no, la recesión anunciada no llegó en otoño, pero la contundencia y la seguridad con la que se hacían los pronósticos hizo que el verano pasado tuviera un cierto aire a “si en septiembre todo se va a ir a la mierda, que me quiten lo bailao”.

Y llegamos a este verano, en el que la guerra sigue, pero, como pasa siempre cuando las cosas perduran, ya no ocupa grandes titulares y ha quedado relegada a las páginas de Internacional. Este año, las portadas de los periódicos y las cabeceras de los informativos son para la política nacional, porque estamos viviendo el primer verano electoral de nuestras vidas (bueno, o por lo menos de la mía, que tampoco me voy a poner a hilar fino ahora con los datos). Los periódicos, las teles y demás medios siguen rezumando noticias de última hora como si estuviéramos en pleno curso y no han dejado paso a esos temas amables y frescos que solo tienen cabida cuando todo lo demás se para. Otro verano raro cuyo comienzo no vino marcado este año por San Juan, sino por la constitución de los ayuntamientos. Y después las diputaciones. Y después las comarcas. Y después las comunidades autónomas (bueno, en Aragón se lo están tomando con calma). Y, cuando creíamos que todo había acabado, otra campaña electoral. Y ahora constitución de las Cortes, reuniones con el rey, negociaciones, sesiones de investidura… Un agosto con pinta de mes de febrero. Y, no sé si os pasa a vosotros, pero mi cabeza pide a gritos descanso. Necesito temas livianos, dejar las conversaciones intensas y cambiarlas por un tinto de verano con risas. En dos palabras: Necesito vacaciones.

Todos deberíamos hacerlas. De entrada, son una necesidad física. Por mucho que nos guste nuestro trabajo, descansar renueva las reservas de atención y motivación, impulsa la productividad y la creatividad, y nos ayuda a tener ideas e intuiciones originales.

Porque el tiempo libre de verdad no debería ser práctico, ni tampoco hace falta que sirva para que crezca el PIB. El tiempo de ocio ha de ser una oportunidad para desarrollarnos. Una oportunidad para hacer lo que queramos, sin pensar en los beneficios que nos trae. Y eso también incluye perder el tiempo, si es lo que nos apetece.  

Así que, queridos lectores, aquí una que se baja de la actualidad para pasar un mes de agosto como los de siempre. Si me veis por ahí, podéis hablarme del tiempo o de algo facilito. Y pedirme un tinto de verano, claro.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

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