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Saber perder

Saber perder

Sábado. 11:30 de la mañana. Torneo amistoso de baloncesto en un colegio cualquiera de Aragón. En dos campos contiguos, dos equipos de 7 años -uno de niños y otro de niñas- disputan sendos partidos. Los dos equipos visitantes -ambos del mismo colegio- les están dando una soberana paliza a los dos equipos anfitriones. Aún así, los entrenadores dan instrucciones de seguir presionando. El marcador de ambos partidos supera ya los 50 puntos de diferencia, pero tanto los niños como las niñas cumplen órdenes y apenas dejan que el rival roce el balón. Desde la banda, padres y madres del equipo visitante animan a sus retoños a seguir jugando a tope. Como si ganar no fuera suficiente cuando además puedes humillar.

Las jugadoras y jugadores de los dos equipos locales comienzan a frustrarse. No entienden esa rivalidad feroz. Los entrenadores los animan y les dicen que lo están haciendo muy bien. Pero la desmotivación se va abriendo paso en todos ellos. Acaban los dos partidos. Algunos se dirigen hacia sus padres y les dicen que no quieren volver a jugar al día siguiente. Tiene lógica, porque que el domingo el partido es -otra vez- contra los dos mismos equipos que acaban de aplastar su incipiente afición por el baloncesto.

Y es que se habla mucho de todo lo bueno que transmite el deporte: superación, compañerismo, deportividad, equipo… Pero algo estamos haciendo mal cuando esos valores comienzan a escasear ya en partidos de niños y niñas de 7 años. Entrenadores ordenando presionar. Padres jaleando a sus hijos. Si el deporte base no preserva como algo sagrado esos valores que lo convierten en algo bueno, deja de merecer la pena. Porque cualquier cosa cuando saca lo peor de uno mismo deja de valerla. Así de simple.

Y, obviamente, a todos nos gusta ganar, pero cuando la búsqueda del triunfo es lo único que importa, tenemos un problema. Y, más aún, si -como padres o como entrenadores- jaleamos la humillación del contrario.

Así que, si me permitís daros desde aquí un consejo que no me habéis pedido, enseñad a vuestros hijos a perder. Porque aprender a ganar es fácil, pero nadie gana todo el tiempo, así que es mucho más útil enseñarles a lidiar con la frustración. Porque perder, en el deporte como en la vida, es no ser los mejores. Y no pasa nada. No se trata de resignarse, sino de aceptar la derrota, analizar lo sucedido y utilizarlo para mejorar en el futuro.

Porque el verdadero triunfo está en ganarnos siempre a nosotros mismos.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

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