Cuando las palabras se quedan cortas
Los que nos dedicamos a esto de juntar letras, intentamos transmitirlo casi todo a través de ellas. Nos esforzamos en ponerle palabras a las vivencias propias y, sobre todo, a las ajenas. Y por eso, justo por eso, siempre he pensado que los que trabajamos contando historias tenemos, sin duda, el mejor oficio del mundo.
Sin embargo, eso no quita para que, a veces, -muchas- sea imposible explicar las emociones con palabras. Se suelen quedar cortas. Y eso es lo que me ha pasado con las dos actividades del proyecto Rayuela que han tenido lugar este mes en Sástago y La Zaida.
Porque Rayuela es un proyecto de intervención artística que pretende incentivar nuevas miradas hacia lo cercano, reforzar los lazos identitarios de las personas que habitan nuestros pueblos, recuperar la calle como espacio de relación social y vecindad y reforzar el valor emocional de las relaciones humanas.
Y para hacer todo esto, sin duda, nada mejor que la fotografía. Porque la fotografía es capaz de plasmar nuestro pasado en una imagen más nítida y menos engañosa que la que nuestra memoria es capaz de conservar.
Por eso, -y no es casualidad- en las tragedias en las que las personas tienen la oportunidad de entrar a sus casas una última vez a recoger lo básico, las fotos siempre están entre ese puñado de cosas que no quieren dejar atrás. Porque, de alguna manera, representan lo que fuimos y lo que somos, y son capaces de aglutinar las vivencias más importantes de la vida. De los que están y de los que ya no están.
Por todo eso, por la emoción inexplicable que es capaz de contener una fotografía, es tan difícil contar lo que pensaron y sintieron hace unos días los vecinos de Sástago y La Zaida cuando fueron descubriendo las imágenes que habían ido apareciendo en distintos puntos de su municipio. En Sástago, por ejemplo, pegada en la pared del actual centro médico y casa de cultura, se puede ver el aspecto de este mismo edificio cuando era el Centro Agrícola Republicano, que después se convirtió en colegio de bachilleres en el que estudiaron muchos sastaguinos. También se puede encontrar en esta mirada al pasado la fotografía del cine moderno, de la antigua sastrería, del cantón de la Reina, de la calle Mayor, del bar la Maravilla, de la bajada a la playa en la que aprendieron a nadar varias generaciones o de un grupo de escolares con Daniel Federío, un maestro que dejó tanta impronta en la localidad que hoy da nombre al colegio público.
En La Zaida, las fotografías incluyeron retratos del ayer -en las que sus protagonistas posaban en lugares desaparecidos o en calles aún sin asfaltar- y del hoy, replicando la imagen antigua lo más fielmente posible, a veces con los mismos protagonistas -como Angelines Guillén, que salió con emoción de la residencia en la que vive para volver a La Zaida a hacerse la misma foto casi 60 años más tarde- y otras con distintos, como los niños de hoy que posaron en el parque infantil del poblado de la Foret recreando una imagen de hace 40 años.
En definitiva, una tarde que une. Imágenes eternas del ayer y del hoy. Emociones inexplicables que dejan muy cortas las palabras.
Esther Aniento. Periodista.

