Joaquín Sabina: el adiós del que nunca se irá
Algunos hombres escriben canciones; otros escriben una forma de estar en el mundo. Joaquín Sabina, con su voz rasgada y sus versos afilados, pertenece a los segundos. Su gira de despedida, que lo traerá por última vez a Zaragoza este 14 de junio, no es tanto una retirada como una reverencia final, una manera honesta de despedirse del escenario sin dejar de habitarlo para siempre. Y aunque sé que no leerá estas líneas, me nace escribirlas. Porque desde este rincón modesto de la Ribera Baja, desde esta trinchera de provincias, una también siente que puede rendirle homenaje. No como experta musical, sino como alguien que lo ha escuchado más veces de las que ha hablado de él en voz alta. Como alguien que le debe más de una frase salvadora.
Porque Sabina no solo ha cantado la vida: la ha narrado. La ha desnudado con ironía, la ha abrazado con ternura y le ha disparado con poesía. A lo largo de cinco décadas, ha levantado un universo lírico donde caben los desengaños y las madrugadas, los bares cerrando y los amores que duelen. Donde la melancolía no es derrota, sino materia prima de lo vivido. Es imposible no sentirse reflejado en frases como “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió” o “que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”.
Quizá por eso, a Sabina se le canta como se reza. En soledad o rodeado de miles, como sucede en sus conciertos, donde cada verso se corea con la emoción de quien ha encontrado consuelo en una letra escrita por otro. No importa que ya no se mueva mucho por el escenario ni que mire de reojo al teleprompter. La fuerza no está en su voz —cuestionada tantas veces— sino en la fidelidad con la que ha retratado el fracaso, la pasión, el arrepentimiento. La vida, en suma.
Su historia personal, tejida entre excesos, caídas y resurrecciones, ha cimentado esa autenticidad que nunca buscó ser ejemplar, pero que resulta profundamente humana. De exiliado en Londres a poeta del asfalto, de la bohemia de La Mandrágora a los estadios repletos de su gira “Hola y adiós”, Sabina ha sabido ser coherente consigo mismo incluso en sus contradicciones. Ha puesto palabras donde a los demás les cuesta encontrarlas. Y por eso se ha ganado el respeto de varias generaciones.
Y es que hay algo profundamente político en resistir, en seguir escribiendo versos cuando los amigos se mueren, cuando el cuerpo falla, cuando la alegría escasea. Y Sabina ha resistido. Con infartos, con pérdidas, con silencios.
No hay muchos artistas capaces de dejar un legado que no se mida en discos vendidos, sino en emociones compartidas. Sabina lo ha hecho con su pluma y con su alma. Nos enseñó que vivir sin pasión es una forma lenta de morir, que las musas no aceptan excusas y que hay que bajarse en Atocha alguna vez solo para respirar.
Su despedida no es un cierre. Porque hay cosas que no desaparecen cuando se apagan las luces. Hay artistas que se quedan habitando las canciones. Que viven en los discos, en los coches, en los altavoces de los bares, en los corazones que aún se rompen con una estrofa.
Este artículo no es una crítica musical. Es una despedida simbólica. Un gesto pequeño —de esos que caben en un periódico comarcal— para alguien que ha sido enorme. Porque creo que también desde aquí, desde este sitio donde lo cotidiano es nuestra gran noticia, se pueden decir cosas importantes. Y porque hay que saber dar las gracias, incluso sabiendo que el homenajeado no lo leerá jamás.
Gracias, Sabina, por no haber sido perfecto. Por no haber fingido alegría cuando no la había. Por demostrar que se puede ser poeta sin dejar de ser humano. Que la música, como la vida, no siempre tiene que sonar afinada para ser inolvidable.
El 14 de junio estaré en Zaragoza. En el que dicen que será tu último concierto aquí. No sé si será verdad. Pero sé que, aunque te vayas, seguirás sonando en mí. Y eso, maestro, ya es no irse nunca.
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

