fecha actual

Please make sure that, your allow_url_fopen or cURL is enabled. Also, make sure your API key and location is correct. Verify your location from here https://openweathermap.org/find

El día en que se apagó todo… menos lo importante

No había pasado jamás. Se perdió el 60% de la electricidad en cinco segundos. Así, de repente. Fue una oscilación muy fuerte en los flujos de potencia de las redes, una desconexión del resto del sistema eléctrico europeo, y esta desconexión ha conllevado un colapso del sistema eléctrico”. Lo dijo un técnico, con la naturalidad con la que un médico entrega un informe tras una operación fallida: muchas palabras, pero ninguna explicación. Palabras que no iluminan, solo decoran el desconcierto. Y ahí estábamos todos, buscando culpables, teorías y soluciones... mientras ni siquiera sabemos qué es un gigavatio. Mucho menos el cero absoluto.

Como en cada crisis, las redes se han llenado de expertos espontáneos, que esta vez hablaban de generadores, baterías y mapas eléctricos. Algunos con razón, otros con miedo, la mayoría desde la más absoluta ignorancia. Pero no es tanto el apagón como la incertidumbre lo que paraliza. Y esa incertidumbre, como tantas veces, se cebó con las ciudades.

En las grandes urbes, el caos fue inmediato. Semáforos apagados, trenes detenidos, hospitales en alerta, supermercados llenos. Personas atrapadas en túneles, en oficinas, en vagones. La tecnología que lo gobierna todo se esfumó en segundos y la ciudad, como un animal gigantesco, se volvió torpe, ciega, vulnerable. Madrid, epicentro informativo de todo, acaparó la atención como si el resto simplemente no existiera. Porque ya se sabe: si Madrid estornuda, parece que España tiene fiebre. Zaragoza, a menor escala, reproduce ese mismo centralismo dentro de Aragón. Lo que pasa en la capital parece ser lo único que importa.

Pero más allá del ruido, del tráfico y de los telediarios, en los pueblos el apagón tuvo otra cara. Una más silenciosa, más humana. Sin luz, sí, pero no sin recursos. En nuestros pueblos, los vecinos se saludaban con la misma parsimonia de siempre. La oscuridad no fue sinónimo de caos. Los bares abrieron —aunque sin datáfono—, los niños siguieron jugando en la calle, y los abuelos, cartas en mano, comentaban el apagón como quien comenta la cosecha. La radio de pilas —la de siempre, la que nunca se tira del todo— volvió a sonar en las cocinas, como si el tiempo se hubiera echado una siesta en los 80.

En los pueblos, lo importante no se mide en vatios. Se mide en confianza. Si no puedes pagar hoy, lo apuntas. Si no hay luz, cocinas con butano. Si no puedes comprar, compartes. No hay colas, no hay histeria. Hay nombres y caras conocidas. Hay una tienda que abre aunque no funcione la caja y una vecina que te da huevos sin pedir nada a cambio. Y no es heroísmo, es costumbre. Es otra manera de habitar el mundo.

Mientras tanto, las imágenes que llegaban desde las ciudades parecían de otra dimensión: gente andando kilómetros para volver a casa, familias incomunicadas, personas atrapadas entre la rutina rota y la ansiedad de no saber qué pasa. En los pueblos, bastaba con cruzar la calle para comprobar que tu madre estaba bien, o que el vecino seguía en su huerto.

El encanto de lo rural resurge siempre en las crisis. Pasó en la pandemia, pasó en Filomena, y vuelve a pasar ahora. Porque cuando todo se apaga, lo simple no falla. Lo esencial permanece. Las huertas, los lazos, la calma. La vida sin adornos ni dependencias absurdas. La tranquilidad de saber que, aunque todo se apague, todavía nos tenemos unos a otros. Y eso —justo eso— es lo que no sale en los informativos.

Claro que estamos cansados. Cansados de ser protagonistas de cada episodio histórico de la década: una pandemia, un volcán, una guerra, una nevada imposible, una DANA, un apagón. Cansados del miedo, de las teorías que nacen en Inventalia, de los gurús del desastre que florecen al primer susto. Pero también estamos aprendiendo. A mirar de nuevo hacia lo pequeño, hacia lo cercano. A confiar en lo que no necesita enchufe para funcionar.

Quizá por eso, cada vez que el mundo tiembla, miramos hacia lo rural. Porque en lo pequeño, en lo cercano, encontramos algo parecido a la verdad. No una verdad llena de cifras ni de teorías, sino una que se siente en el cuerpo: la de saber que si se va la luz, no estamos solos. Por eso, mientras en las ciudades el colapso es portada, en nuestros pueblos se vive a otra velocidad. Una velocidad que no depende de la red eléctrica ni de las apps de turno. Una velocidad que sabe que, si llega el fin del mundo, ojalá lo haga en lunes y con sol. Para poder tirarnos en el césped y, simplemente, esperar.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

 

¿Quiénes somos?

976 179 230

Avda Constitucion, 16
50770 Quinto
Zaragoza (España)

Image

Municipal

Comarca

Instagram