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¿De qué color es tu cerebro? Ni rosa, ni azul; eso está claro.

Cerebro rosa y azul

Todo el mundo tenemos emociones y sentimientos, pero a veces no les prestamos la atención que merecen. Las emociones son humanas, además de espontáneas, inconscientes y temporales. Los sentimientos, que surgen de la interpretación que hacemos de estas emociones, son duraderos e implican un razonamiento consciente de las mismas. Por lo tanto, para generar un sentimiento, necesitamos de una emoción previa y también un pensamiento. Las emociones son universales, pero las interpretaciones que hacemos de ellas ya no lo son, sino que están influenciadas por cuestiones sociales y culturales. Así que, dependiendo de la educación que recibimos, las experiencias que vivimos, el entorno que nos rodea… el análisis que hacemos de nuestras emociones puede ser diferente. Y, ¿sabes qué influye mucho en este análisis?

El género. Es decir, la construcción social (o, en otras palabras, “lo que nos hemos inventado”), en una determinada cultura sobre qué es ser mujer y qué es ser hombre. Como esto no es algo natural, estos conceptos cambian con el tiempo y de un lugar a otro. Por ejemplo, si preguntamos a alguien ahora “¿cómo son los hombres?”, seguramente la respuesta sería diferente a la que hubiéramos obtenido hace 100 años, o si la preguntáramos dentro de otros tantos años.

Siendo todas las emociones universales y humanas, muchas veces la interpretación que hacemos de las mismas no suele ser igual entre mujeres y hombres. Pero no es porque tengamos un cerebro diferente, un “cerebro rosa” o un “cerebro azul”, sino porque esa interpretación racional está influenciada por la cultura. Una cultura (machista) que valida unas expresiones e invalida otras. Por ejemplo, en general, en las mujeres se aprueban más expresiones relacionadas con el miedo, la tristeza o la calma; y a los hombres se les permite más emociones relacionadas con el enfado, la agresividad o la valentía. De hecho, numerosos estudios evidencian cómo (inconscientemente) se suele hablar diferente a un bebé niña (con más comentarios sobre su aspecto “qué bonita eres”, o su buena actitud “qué niña tan tranquila”) que a un bebé niño (con expresiones centradas en su fortaleza “qué niño tan grande” o actividad “no para”).

No vivimos las emociones de la misma forma, porque no se nos educa igual. Aún no. Aunque hayamos mejorado mucho respecto a la igualdad, todavía permanece un legado patriarcal que nos afecta y limita a todas las personas. Y, al educarnos de forma diferenciada, nuestro cerebro se va adaptando a nuestro aprendizaje, y se refuerzan habilidades y conocimientos diferenciados según el sexo. Injusto, ¿no?

Estos roles relativamente impuestos tienen unas consecuencias evidentes en la salud mental, y es que los problemas emocionales no se expresan de la misma forma. Por ejemplo, trastornos como la depresión o la ansiedad, son más frecuentes en las mujeres; y los trastornos de conducta o adicciones, más frecuentes en los hombres.

Desde hace un tiempo, el debate sobre la salud mental está sobre la mesa… por fin. Además de tener un buen sistema público de salud que cuide también de la mental y unos derechos sociales garantizados, tener una buena educación emocional que nos permita saber reconocer y gestionar las emociones propias y ajenas, es fundamental.

Vivir nuestras emociones de forma libre, independientemente del sexo con el que hayamos nacido, seguro supondrá una gran mejora en la salud mental individual y colectiva.

Silvia López Zumeta, Psicóloga feminista.

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