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¿Y tú de quién eres?

Una mujer sentada de espaldas en una silla de enea, a la puerta de una casa de pueblo, contempla la puesta de sol sobre el río Ebro. En la fachada cuelga una acreditación de trabajo.

Hay preguntas que hacemos casi sin pensar. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿A qué te dedicas?

En los pueblos hay otra que suele llegar antes que todas: «¿Y tú de quién eres?». Y entonces empieza una investigación genealógica improvisada en la que aparecen padres, abuelos, casas y apodos que probablemente no figuren en ningún registro oficial, pero que todo el pueblo conoce. Hasta que alguien da con la conexión y exclama: «¡Ah, coño! ¡Pues haber empezado por ahí!». Y ya está. Ya saben quién eres. O, al menos, de dónde vienes.

Me gusta esa manera tan nuestra de situar a las personas en el mundo. Aunque a veces resulte invasiva, tiene algo de entrañable. No importa demasiado a qué te dedicas ni cuánto ganas. Importa que eres la nieta de fulanita, la hija de aquel que tenía la tienda o la sobrina del que se fue a Barcelona y volvía todos los veranos.

Fuera de ese universo de parentescos, en cambio, manda otra pregunta.

¿A qué te dedicas?

Y contestamos como si con aquello estuviera todo dicho. Soy periodista. Soy abogado. Soy enfermera. Soy agricultor. Perfecto. Ya podemos colocarnos mentalmente una etiqueta en la frente y seguir con la conversación.

Necesitamos clasificar las cosas para entenderlas. Lo hacemos con la ropa, con los libros y, por supuesto, también con las personas. El problema es cuando acabamos metiéndonos nosotros mismos dentro del cajón. Porque una cosa es aquello a lo que dedicas ocho horas al día —con suerte ocho— y otra bastante diferente es quién eres.

Nos presentamos por nuestra profesión y medimos muchas veces nuestro éxito por el cargo que ocupamos, cuánto cobramos o lo deprisa que contestamos un correo un domingo por la tarde.

Hasta existe una red social dedicada a contarle al mundo lo estupendamente bien que trabajamos. Allí todos lideramos proyectos, superamos retos y afrontamos apasionantes desafíos. Nunca he visto a nadie escribir: «Hoy estoy hasta las narices de mi trabajo, pero tengo que pagar la hipoteca». Y seguramente sería una de las publicaciones más sinceras de LinkedIn.

Nos han convencido de que tenemos que crecer, mejorar, ascender, reinventarnos y salir continuamente de nuestra zona de confort. Como si quedarse razonablemente a gusto donde uno está fuera una especie de fracaso.

Y ojo, que tampoco quiero idealizar la pregunta de los pueblos. Porque el apellido también puede ser una etiqueta de la que cuesta desprenderse. Hay quien lleva toda la vida siendo «el hijo de» y quien seguramente se marchó precisamente para dejar de serlo.

No digo que el trabajo no importe. Yo adoro mi profesión y no sabría entender buena parte de mi vida sin el periodismo. Además, cuando trabajas en un territorio pequeño, el oficio no se quita nunca del todo. La noticia te para en la puerta del bar, te llama mientras cenas o te sale al encuentro cuando habías decidido pasar una tarde tranquila.

Pero no soy solamente periodista.

Somos también las personas a las que llamamos cuando estamos jodidos. Las canciones que nos sabemos enteras. Las conversaciones que alargamos aunque al día siguiente haya que madrugar. Nuestros amigos, nuestros miedos, las sobremesas, las carcajadas que nos dejan sin aire y las tardes viendo caer el sol sobre el Ebro sin mirar el reloj.

Somos también aquello en lo que perdemos el tiempo. Que a lo mejor resulta que no es perderlo.

Y, sin embargo, seguimos diciendo que no tenemos tiempo para muchas de esas cosas. Para leer, para salir a andar, para tomar un café tranquilamente o para no hacer absolutamente nada. Como si pasar una tarde sin ser productivos necesitara alguna justificación.

Quizá por eso me gustó tanto leer hace unos días una carta al director de El País en la que Marta Garro Alsina decía algo muy sencillo: ella trabaja de consultora, pero no es consultora.

Parece una tontería, pero llevo varios días pensando en ello.

Porque llegará un momento en el que todos dejaremos de ser lo que hacemos. Nos jubilaremos, cambiaremos de empleo o simplemente aparecerá cualquier giro de esos que la vida acostumbra a dar sin pedir permiso. Y entonces, cuando desaparezcan los cargos y las reuniones que parecían importantísimas, tendrá que quedar alguien detrás.

Por eso me gusta esa vieja pregunta de nuestros pueblos. Porque cuando alguien te pregunta «¿Y tú de quién eres?», aunque termine remontándose hasta tu bisabuelo, al menos está intentando encontrar una historia detrás de tu nombre.

Y yo, que llevo media vida preguntando a los demás quiénes son y a qué se dedican, creo que debería aprender a hacerlo también conmigo misma.

Porque trabajo de periodista, sí. Pero ser, afortunadamente, soy muchas más cosas.

Y espero que las mejores no tengan nada que ver con mi profesión.

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache.

 

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