La coartada moral que todos llevamos dentro
Nadie se levanta por la mañana pensando que es mala persona. Ni el que miente, ni el que roba, ni el que engaña. Ni siquiera los corruptos de manual, esos que vemos en los telediarios con trajes caros y sonrisas medidas. Todos —también ellos— se ven a sí mismos como razonables, con principios, incluso con cierta ética. Porque nuestro cerebro necesita eso: una historia que justifique nuestros actos. Un relato que encaje, aunque esté lleno de fisuras.
Es un mecanismo antiguo, casi automático. Cuando lo que hacemos no encaja con lo que decimos creer, el cerebro se incomoda. Y busca soluciones. Pero rara vez corrige la acción. Lo más habitual es que modifique la historia que nos contamos. Y así nace la coartada moral, ese escudo invisible que llevamos encima y que, sin darnos cuenta, usamos más a menudo de lo que nos gustaría.
Hay nombres técnicos para esto: disonancia cognitiva, autojustificación moral. Términos que suenan a manual de psicología, pero que todos entendemos cuando nos oímos decir “no me quedaba otra”, “yo no quería, pero…” o “si fuera otro en mi lugar habría hecho lo mismo”. Frases que usamos para cerrar heridas, evitar reproches o, simplemente, dormir mejor por las noches.
Y es que la memoria también juega su papel. Con los años, lo que ocurrió se difumina, se transforma. No recordamos los hechos tal como fueron, sino como nos conviene. Reescribimos escenas, suavizamos errores, eliminamos detalles incómodos. Convertimos la realidad en una versión más amable de nosotros mismos.
Esto no pasa solo en los grandes despachos ni en las noticias nacionales. Aquí, en la comarca, lo vemos cada día. En una conversación de bar, en una junta de vecinos, en una discusión sobre presupuestos o decisiones del pueblo. Todos creemos tener razón. Todos encontramos argumentos que nos sitúan del lado correcto.
Y, sin embargo, saber que este mecanismo existe no debería desanimarnos. Al contrario. Tal vez reconocerlo sea el primer paso para ser más honestos. Para escuchar más y justificar menos. Para entender que no siempre actuamos con la pureza que creemos y que, a veces, nuestras decisiones necesitan más autocrítica y menos excusas.
Porque, si todos tenemos una coartada moral —y la tenemos—, ¿cómo distinguimos entre quien se justifica y quien simplemente se engaña? ¿Dónde está la línea entre la necesidad y la conveniencia? No hay respuestas fáciles. Pero sí hay preguntas necesarias.
Y quizá, solo quizá, la mejor forma de empezar sea mirarnos sin adornos. Sin tanto relato. Preguntarnos por qué hicimos lo que hicimos. No lo que dijimos. Lo que hicimos. Y desde ahí, construir algo un poco más sincero. Sobre todo con uno mismo.
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

