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Cuando el verano sabe a pueblo, a fiesta y a un descanso merecido

Cerrado por vacaciones

Hay veces en que el cuerpo lo dice antes que la cabeza. Y este año, a estas alturas de julio, ya lo iba avisando: se acabaron los debates intensos, los análisis sesudos, las reuniones a deshoras. Ya no me queda batería para más titulares. Agosto se asoma y, con él, la necesidad de bajar el ritmo.

No es pereza. Es biología. Es ese momento en el que el calor aprieta y el cerebro se niega a rendir cuentas. Cuando todo parece pedir una tregua. Y no se trata solo de vacaciones —que también—, sino de cambiar de marcha. De dejar que las cosas pasen a otro ritmo. De recuperar costumbres que no figuran en ningún manual de productividad: tumbarse a la sombra, comerse una rodaja de sandía sin prisa o escuchar una charanga como si fuera la Filarmónica de Viena.

Y lo curioso es que cada año, cuando llega este punto, siempre parece que ha sido un curso especialmente intenso. Como si el estrés se reinventara. Como si no bastara con un invierno de sobresaltos, una primavera de agendas llenas y un verano de noticias que no dan tregua. Porque, admitámoslo, ya ni agosto es lo que era: genocidios, guerras, corruptelas, juicios, aranceles, nombramientos, balances, promesas, leyes, bronca política, fotos en redes. Y uno ahí, con el tinto de verano en la mano, intentando entender cómo se supone que se desconecta en un mundo que no deja de vibrar.

Por eso, este agosto vuelvo a reivindicar el derecho al descanso de verdad. Al descanso que no produce, que no mejora el currículum ni acumula puntos en ninguna lista. El descanso que consiste, simplemente, en estar. En no tener que explicar nada. En poder decir “no sé” o “ahora no” sin sentirse culpable. Y, sobre todo, en mirar el calendario y pensar: “Hoy es fiesta en mi pueblo”.

Porque sí, también llega el tiempo de las fiestas. Esas que en nuestros pueblos no entienden de etiquetas ni de tendencias. Donde lo importante es quién sube al balcón, qué paradas tiene el recorrido de peñas, quién gana el concurso de sangrías o quién se atreve con la primera jota. Donde hay hueco para todos y todos tenemos algo que celebrar, aunque solo sea que seguimos aquí, un año más, con ganas de bailar y de abrazar.

Y es que no solo es una cuestión de cansancio. Es necesidad de reencuentro. Con los amigos del pueblo, con las historias de siempre, con las canciones que suenan igual en cada verbena pero que seguimos cantando como si fueran nuevas. Con nosotros mismos.

Por eso, este agosto solo quiero siestas sin despertador, risas con cañas, conversaciones sencillas y bailes torpes en mitad de la plaza. Quiero volver a lo esencial. Y, sobre todo, quiero que cada lector de estas líneas se permita también ese descanso profundo, verdadero, sin culpa.

Porque si algo he aprendido tras estos años es que cuidarse también es parar. Y que el verano, cuando se vive desde dentro, sabe a todo lo que somos.

Y todo esto para decir que Zafarache (y yo) se toma un deseado descanso. Estaremos de vuelta el próximo 19 de agosto con todas las historias de la Ribera Baja del Ebro. Hasta entonces, ¡sed felices!

Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

 

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