‘Slow life’ o el privilegio de poder tomarse la vida con calma
A lo mejor no todos vosotros habéis oído hablar del movimiento ‘Slow life’, una filosofía de vida que se encuentra en auge desde los años 80, pero que ahora, desde que se la nombra en inglés y se usa como etiqueta en redes sociales, vemos por todas partes. Cosas de habernos vuelto medio lerdos con tanto anglicismo. Pero no me quiero desviar del tema.
‘Slow life’ significa literalmente “vida lenta”. El término engloba, más allá de una simple tendencia, toda una filosofía de vida, contemplando todo tipo de aplicaciones prácticas para bajar el ritmo en distintos ámbitos vitales: en las relaciones personales, en el trabajo, en el tiempo de ocio, en la alimentación, en la práctica del deporte, etc. El planteamiento de base del movimiento ‘Slow life’ es que el ritmo de vida actual en Occidente es insostenible e insano. Esto se manifiesta en una priorización absoluta del trabajo sobre el resto de aspectos de la vida; en un consumismo desatado que no quiere que reflexionemos nada, haciéndonos vivir a la carrera; o en la imposibilidad de detenernos a pensar en las cosas que realmente importan, lo que nos impide disfrutar plenamente de nuestro tiempo en el sentido más profundo de la palabra: nos impide disfrutar de nuestra existencia.
Por lo tanto, recapitulando, seguir el ‘Slow living’ significa vivir con calma, disfrutar de las cosas buenas y prestarle a cada cosa la atención que realmente merece. Y, de verdad os digo, que me encantaría ser esa clase de persona, pero la vida no me deja ser lenta. No hay nada en mí que lo sea. Hablo y gesticulo rápido, como si una voz en off iniciase una cuenta atrás cruel cada vez que abro la boca, lista para alertar de que he consumido mi tiempo y, con él, la paciencia del resto. Procuro escribir frases cortas, que no distraigan la lectura. Envidio a quienes usan sin pudor el punto y seguido, ese recurso tan elegante y de aristócratas, de gente elevada que se recrea escuchándose y subordina ideas porque nunca le atormentó el cronómetro de la impaciencia. En la calle, camino embalada y con las manos ocupadas, y me resulta insoportable la gente que anda despacio y arrastrando los pies, como si se hubieran dejado en casa la sangre de las venas, la rasmia y las ganas de vivir. La multitarea (que tanto demoniza el ‘Slowlife’) es mi forma de vida, y siempre suelo quedarme con la opción más rápida, la más corta. No puedo permitirme otra. Se puede decir que, sin querer, he convertido en un mantra personal una frase que mi padre siempre ha repetido hasta la saciedad en las circunstancias más variadas de la vida: “Lo que sea, pero ya”.
Sin embargo, y aunque me irritan y envidio a partes iguales todos esos perfiles de Instagram que preconizan una vida lenta y en calma -como si eso estuviera al alcance del común de los mortales- sí que considero que todos, sin excepción, nos merecemos PARAR. Nos merecemos unos días de ‘slow life’ realista y equilibrado en los que nuestra máxima preocupación sea si el vino de la cena es mejor blanco o tinto. Unos días de aplazar problemas, de hacer una cosa por vez o, simplemente, no hacer nada, sin horarios, sin obligaciones inexcusables, solo cervezas al sol, reencuentros y risas. Unos días de calma, de vivir todo lo lento que no nos podemos permitir el resto del año.
Bienvenidas, vacaciones.
Esther Aniento. Periodista. Coordinadora de Zafarache

