Opinión: Un día cualquiera camino al trabajo por la N-232
7:40 de la mañana. Camino al trabajo. Hoy llego pronto a pesar de que el tráfico es denso, como siempre. Me encuentro ya en el último tramo de mi camino, Fuentes-Quinto. De repente, frenazo de la furgoneta que llevo delante.
Freno yo también y pongo las luces de emergencia deseando que al de detrás le de tiempo a hacer lo mismo. Unos metros más adelante, en el arcén, el primer coche destrozado. En la mediana, otro igual. Hay algún otro coche implicado, ya en mejor estado. Personas fuera de los coches. Una mujer sostiene un pañuelo en la cara de un joven. Otros llaman por teléfono. Veo parada en la otra dirección a una persona conocida. En mi carril la circulación sigue su curso de forma lenta. Todavía no ha dado tiempo a que llegue la Guardia Civil, ni la ambulancia, ni siquiera Protección Civil, que siempre es la primera en acudir.
Todavía no sé qué ha pasado y, aún así, mientras continúo mi camino hacia Quinto con los pelos de punta y las piernas temblorosas, vuelve a asomar en mí el egoísmo que siempre siento en estos casos: ojala no conozca a nadie.
Porque en esta mierda de carretera que es la N-232, mientras las Declaraciones de Impacto Ambiental tardan más de una década en ser favorables, los que nos jugamos la vida todos los días hemos llegado al macabro punto de desear que no nos toque a nosotros o a nuestros allegados. Tal vez sea egoísmo o tal vez solo una cuestión de supervivencia, pero, lo que es seguro, es que esta sangría no se detendrá hasta que ese puñetero desdoblamiento que nos han prometido gobiernos de todos los colores no sea una realidad.
#A68YA #desdoblamientoN232
Esther Aniento, periodista

