Lunes 18 Octubre 2021

Un país sin servilleteros

No es por nada, pero la pandemia nos está dejando un país al que no reconoce ni la madre que lo parió. Todo lo que se suponía que iba a cambiar no lo ha hecho (no hemos salido mejores, ni somos más empáticos, ni valoramos más las cosas), pero tendemos a comportarnos de una manera cada vez más extraña, auspiciados, eso sí, por las a menudo incongruentes medidas que llegan desde las administraciones.

Y es que lo que queda ahora de las hasta hace poco necesarias restricciones son unos cuantos reductos que rayan el absurdo y que, como digo, hacen que nuestro comportamiento sea a veces digno de estudio. Ahora mismo, sin incumplir ninguna norma, somos capaces de sentarnos con otras 14 personas en una terraza (con otras 9 si es un interior, o con otras 29 si la “actividad social” es, por ejemplo, en una casa particular), llegar hasta allí con la mascarilla bien puesta, abrazar, besar o “dar el codo” a nuestros colegas también con ella puesta, quitárnosla en el momento en el que apoyamos el culo en la silla, pedir una ración de papas bravas para compartir en el centro de la mesa (con las consiguientes confusiones entre tenedores que siempre puede haber en estos casos) y, al terminar la ración, limpiarnos en el pantalón (en un kleenex los más previsores) porque los servilleteros de bar de toda la vida han desaparecido en este país. Por el COVID y eso, ya sabéis. Y después de pasarnos la tarde tomando cañas y papas, levantarnos de la silla, ponernos la mascarilla e irnos a casa asegurándonos de no subir con ningún vecino en el ascensor. Por lo de la distancia de seguridad y tal.

Estaréis conmigo en que la cosa muy normal no es. Pero claro, no se nos puede pedir mucha más coherencia cuando los que mandan deciden suspender todas las fiestas patronales hasta el 31 de octubre, pero, al mismo tiempo, organizar 250 actos culturales para esos mismos días. Con conciertos al 75 por ciento de aforo, sin poder comer ni beber, pero con fiesta de la cerveza en el parque de atracciones (donde supongo que sí que se podrá beber cerveza). Con un recinto ferial en el que podrá haber hasta 10.000 personas al mismo tiempo, pero sin que los niños puedan acercarse ni saludar a los cabezudos, a los que tendrán que ver desde las gradas y con entrada previa. Por lo del control de aforo y tal. Pero sobre todo que a nadie se le ocurra llamarlo fiestas, que están suspendidas, llamadlo ‘actos culturales’ o, mejor aún, ‘no fiestas’.

Hace un año, cuando la vacuna era todavía una incógnita, pensábamos que el fin de la pandemia (o al menos la vuelta a nuestra normalidad más cercana), llegaría cuando la mayor parte de la población estuviera vacunada. Hoy, con el 87% de la población aragonesa mayor de 12 años vacunada y con la seguridad de que el virus ha venido para quedarse entre nosotros como una enfermedad más de una larga lista, la gran pregunta es en qué momento vamos a empezar a considerar -si es que vamos a hacerlo-, que las cosas pueden volver a parecerse a las de antes. O, lo que es lo mismo, en qué momento va a volver a haber servilleteros en los bares.

Esther Aniento, periodista. Coordinadora de Zafarache.

 

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